No he venido para los justos sino para los pecadores

En este tiempo de gracia que estamos viviendo, me gustaría compartir algunos frutos que han surgido de  la meditación diaria de la Palabra. San Pablo, en una de las  lecturas de referencia que aparecen al costado del Evangelio, nos dice: “…Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales soy yo, el primero” (1Tim 1,15). Sabias palabras del apóstol, que me introducen en las siguientes reflexiones.

Aquel que ha tomado conciencia de su pecado es, el que primero, ha tenido una experiencia real del amor de Dios. El pecado es una verdad de fe, si no me reconozco pecador no me siento parte y no querría formar parte de la familia de Dios  porque Él vino al mundo para librarnos, justamente, de esa esclavitud. Si no nos reconocemos así, es que estamos viviendo una fe muy superficial. Tenemos todavía mucho apego por las cosas mundanas, donde todo se justifica.

De esta realidad no se  salva nadie, ni pobres ni ricos; ni siervos ni reyes. El Rey David nos da muestra de ello en el Salmo 50 “Ten piedad de mí, oh Dios, en tu bondad, por tu gran corazón borra mi falta”. Nos encontramos allí a un Rey David verdaderamente arrepentido, porque no había obrado en consecuencia del amor recibido de Dios. Sus palabras trasmiten un hondo dolor, pero a la vez sabe, que se dirige a quién es capaz de enternecerse con la miseria humana, al Dios fiel y justo. 

El amor humano es, la mayoría de las veces imperfecto, porque está plagado de egoísmo, dudas, rivalidades…

Cuando Jesús se llama a sí mismo Hijo de Hombre, utiliza un lenguaje que lo hace más cercano, si cabe, a nuestra miseria, aunque sea el Santo. ¡Qué mayor muestra de cercanía que su encarnación! Pero en su tiempo no todos comprendían la grandeza de ese misterio. A nosotros que sí lo conocemos, ese “Hijo de Hombre”, pronunciado en su Palabra, nos hace experimentar la suavidad de su amor incondicional; ¡el Señor es capaz de comprenderme, de ponerse en mis zapatos porque es de mi misma naturaleza!

Aún así, no podemos dejar de escuchar con atención lo que nos pide: “Vayan y aprendan lo que significa esta Palabra de Dios: Me gusta la misericordia más que las ofrendas. Pues no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”

En nuestra ceguera, muchas veces creemos, que los que tienen que convertirse son los otros ¡Hasta ese punto estamos heridos por nuestro pecado!

Es oportuno hacer un examen de conciencia y tratar de descubrir hasta donde llega nuestro amor por Jesús y en Él por todos nuestros hermanos.

El Sínodo de las Familias último, nos abre una puerta grande a la Misericordia de Dios. Puerta por la que podemos entrar cada uno de nosotros, los que estamos cerca, los que nos sentimos lejos, los que venimos cansados y agobiados; y también los que no nos sentimos dignos.

En este año de la Misericordia y principalmente en este tiempo litúrgico, la Iglesia, inspirada por el Espíritu de Cristo pone a nuestro servicio todos los medios para que llegue a nosotros ese gran torrente de  Misericordia  y Perdón que el Señor nos quiere regalar en el Sacramento de la Reconciliación. Confiados  en sus Palabras: “…no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores…” y Él, que nos amó hasta el extremo, creará en nosotros un corazón nuevo.

 

Por Ana Añón (laica casada, madre y abuela).