Lecciones de liderazgo del Papa Francisco

Zapatos polvorientos: sumergirse en los placeres y sufrimientos del mundo

El P.Bergoglio en su período como supervisor de un seminario jesuita manifiesta su estilo de liderazgo. Su estilo de liderazgo en ese seminario refleja la paradoja del liderazgo. Los grandes líderes se sumergen en el mundo del día a día, pero también se apartan ocasionalmente de él. Son personas reflexivas que se recogen para encontrar serenidad, equilibrio y perspectiva (…) Se comprometen en lo cotidiano pero también lo trascienden; están inmersos en el mundo pero no son plenamente “de” él. Son mundanos pero asimismo espirituales.

Esos seminaristas argentinos se devanaban los sesos mientras estudiaban a Aristóteles y Tomás de Aquino, pero el padre Bergoglio se aseguraba de que estuvieran bien versados en la materia. En realidad, no solo versados, sino también llenos de tierra, ya que el complejo del colegio Máximo incluía una granja. Lo producido ayudaba a mantener a la comunidad jesuita financieramente limitada. Le pregunte a Hernán Paredes (sacerdote ecuatoriano que en ese momento era seminarista jesuita) qué animales criaban y su respuesta precisa, un  cuarto de siglo después de su período allí, me convenció de que podía confiar en la memoria de este hombre: “¿Nuestros animales?”. Empezó a hacer un censo detallado. “Solíamos tener 120 cerdos, 53 ovejas, 180 conejos; además, teníamos vacas de donde obteníamos nuestra leche…”. ¿Quién dirigía la granja? Le pregunté. “Había un par de hermanos jesuitas que eran expertos en la explotación de una granja, y esa era su principal tarea. Pero todos nosotros, trabajábamos en ella de un modo u otro algunos más que otros, Bergoglio también”. Paredes añadió, “al respecto, tengo en mi mente una imagen grabada; una tarde cuando volvía de la parroquia donde había estado ayudando, lo vi allí al padre Bergoglio con sus botas de plástico, alimentando a los cerdos”.

Pienso en esas botas de trabajo como en el calzado del liderazgo, una manera de decir: no le pediré que haga algo que yo no esté dispuesto a hacer.

 

Se encuentra a Dios entre las cosas más humildes

El liderazgo de zapatos polvorientos del padre Bergoglio tiene un significado aún más profundo, como nos ayuda a comprender la hermana María Soledad Albisu. Ella visitó ocasionalmente a Bergoglio durante esos mismos años para recibir una dirección espiritual (…) Mientras conversaban informalmente, antes o después de las sesiones de dirección espiritual, su director espiritual (Bergoglio) también compartía su teoría del liderazgo, aun cuando no la llamara así (…) Albisu recuerda cuando le mostro la granja del seminario: “Me llevó afuera, donde la comunidad criaba ovejas y cerdos, y me dijo que este era un buen lugar para rezar y recordar que se encuentra a Dios en las cosas más humildes”.

Soledad Albisu también recuerda que el padre Bergoglio “siempre insistía en que los seminaristas acudieran a los barrios pobres durante los fines de semana, para ofrecer (instrucción religiosa) a los niños. Según él, alguien que fuera capaz de enseñar el catecismo con suficiente claridad, para que un niño lo comprendiera, era una persona sabia”. Y cuando los seminaristas volvían de esos barrios, “los observaba para ver si tenían los zapatos polvorientos. Si regresaban con los pies limpios, lo interpretaba como una señal de que no habían hecho nada”.

Hernán Paredes puede testimoniarlo. Muchos años después de sus días como seminarista, visitó al cardenal Bergoglio en Buenos Aires, poco tiempo antes de que fuera elegido papa. Entonces Paredes trabajaba en Nueva York; allí se dedicaba a la enseñanza en un colegio secundario jesuita durante los días de semana y celebraba misa los domingos en las comunidades latinoamericanas de la ciudad. El cardenal Bergoglio, por su parte, se estaba preparando para el retiro, ya que los obispos católicos están obligados a renunciar a sus puestos a la edad de setenta y cinco años. Bergoglio había presentado su carta de renuncia y estaba esperando que el papa Benedicto la aceptara. (A veces la vida tiene otros planes reservados).

Mientras conversaban, Paredes conto que había visitado un barrio pobre, no lejos del viejo seminario, adonde Bergoglio solía enviar a los seminaristas para que enseñaran el catecismo a los niños pequeños. El cardenal fingió hacer una inspección de los zapatos de Paredes y luego se rió. ¿Usted ha visitado el barrio? ¡Debería haberse ensuciado los pies!

“Sí”, dijo Hernán, riendo, “deberían estar muy sucios, como en los viejos tiempos”.

Estos zapatos sucios –los de Bergoglio entre los cerdos y de los seminaristas en el barrio pobre- cristalizan un hábito vital del liderazgo, aunque peligroso: el compromiso de estar en contacto con la realidad, aceptar la responsabilidad por el trabajo y las decisiones propias y reconocer que los seres humanos estamos todos inextricablemente conectados, tanto en nuestra comunidad local como en forma global. Muchas personas en las posiciones de liderazgo se “desconectan” con demasiada facilidad –se aíslan, se alejan- de la realidad inmediata. Podríamos supervisar a docenas de empleados y saber muy poco acerca de sus vidas y luchas personales (…) Los buenos líderes están permanentemente en contacto con las alegrías y desdichas del mundo, y saben que en un mundo interconectado las decisiones de líder a menudo afectan a las vidas de muchas personas inadvertidas.

 

Lave la ropa e inspire al equipo

El padre Tomás Bradley (jesuita, actualmente director de la Casa de ejercicios Ignacianos de Mendoza, Argentina), llegó al Colegio Máximo en 1985, poco después de terminar su noviciado y pronunciar los votos de pobreza, castidad y obediencia. Le pregunté sobre los recuerdos del padre Bergoglio durante ese tiempo y dijo lo siguiente: “Jorge (así es como se refirió a Jorge Bergoglio) era el rector y también el «lavandero» de la casa”. El padre Tomás recuerda que “a las cinco y treinta de la mañana ya estaba metiendo la ropa en las dos máquinas de lavar industriales que teníamos”. Y, al parecer, había una gran cantidad de prendas: “En ese lugar estábamos viviendo más de cien  personas”, añadió.

Ya es suficiente, estarán pensando algunos lectores. Lo hemos comprendido: el hombre que ahora es el papa fue suficientemente humilde para alimentar a los cerdos y lavar la ropa cuando dirigía un seminario. ¿Y qué? También podrían pensar, si he confiado la educación de los seminaristas a ese hombre, preferiría que usara su habilidad profesional para formar los líderes y sacerdotes futuros, y no perder el tiempo en el lavado de la ropa.

De esto se trata, precisamente. Bergoglio estaba formando líderes y sacerdotes. Mirémoslo de esta manera: Hernán Paredes y Tomás Bradley deben haberlo visto hacer y decir miles de cosas. Entonces, ¿por qué alimentar a los cerdos y lavar  la ropa han quedado como recuerdos imborrables?

Cualquiera que haya trabajado para un buen líder conoce la respuesta. Pocas cosas forjan nuestra lealtad como saber que el jefe no es un divo sino parte del equipo, alguien que no solo nos pedirá hacer un sacrificio por los otros, sino que también lo hará él mismo. Por ejemplo, ¿por qué los oficiales de la Marina siempre se sitúan al final de la fila de raciones, detrás de los hombres y mujeres que están bajo su mando? Están enviando un importante mensaje de liderazgo: en caso de que no haya suficiente comida para todos, yo pasaré hambre, antes que dejar que ustedes lo pasen.

Recuerdo una de mis oportunidades perdidas en el liderazgo al estilo “lavandero”. En una ocasión, un equipo de empleados de oficina que trabajaba para un subordinado mío tuvo que sacrificar la mañana del sábado para empaquetar sobres, imprimirlos y organizar cientos de cartas a los clientes o realizar algunas otras labores administrativas. El viernes por la tarde antes de esa mañana primaveral, se me ocurrió conversar con su jefe sobre nuestros respectivos planes para el fin de semana. Olvidé mi plan pero siempre recuerdo el suyo: ese sábado sorprendería a su equipo administrativo con café y pasteles, y pasaría una hora trabajando con ellos.

Ninguno de ellos habría esperado que me presentara porque era el jefe de su jefe, pero tampoco esperaban verlo a él, así como supongo que esos jóvenes seminaristas jesuitas no esperaban que Bergoglio hiciera su parte de la tarea doméstica.

Ese es el quid de la cuestión, desde luego. Nadie recuerda al líder que meramente hace lo esperado, como mantener el entusiasmo y alardear de ser parte del equipo, pero todos recuerdan al líder que se ensucia las manos para demostrar que todos somos un equipo.

 

Fuente: Extractos Capítulo 5 del Libro “Papa Francisco, lecciones de liderazgo” de Chris Lowney. Editorial Granica.