La familia en camino hacia la plenitud

El 19 de marzo 2016 el Papa Francisco entregó para su publicación una exhortación dirigida a los miembros de la Iglesia sobre el amor en la Familia, que recoge y profundiza las reflexiones de los dos últimos Sínodos de obispos llevados a cabo en los meses de octubre de 2014 y de 2015 sobre los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización.

Este documento, como el resto de los documentos magisteriales, lleva por título las primeras palabras del párrafo inicial: “La alegría del amor” (Amoris Laetitia, en latín). Para simplificar las referencias al documento utilizaremos la sigla AL seguida del número de párrafo correspondiente.

En este artículo vamos a comentar una imagen que utiliza el Papa Francisco para explicar la realidad del matrimonio y la familia. Se trata de la imagen del “camino” por el cual las familias tienen que transitar pasando por etapas. Esta imagen nos parece novedosa respecto al modo tradicional más abstracto e idealizado de presentar la realidad familiar, y que creemos abrirá nuevos surcos de reflexión teológica y acompañamiento pastoral.

El Papa comienza su exhortación llevándonos a la Biblia para mostrarnos allí como la misma “está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares” (AL 8). Señala que la Palabra de Dios “no se muestra como un secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor, y les muestra la meta del camino” (AL 22).

El Papa explica la realidad del matrimonio con la imagen de un camino: se trata de un “camino dinámico de desarrollo y realización” (AL 37).

La metáfora del camino nos indica que el matrimonio es algo dinámico, que se va transitando, con progresos, tropiezos y desvíos…. Una pareja de novios que se casa por Iglesia no puede decir “¡Ya está… ya llegamos!… ya nos casamos por Iglesia, cumplimos con Dios en todo”. No! El matrimonio es un camino, al casarte por Iglesia te pusiste “en pista” pero ahora hay que correr la carrera.

El Papa señala que el matrimonio entendido como “camino implica pasar por distintas etapas que convocan a donarse con generosidad” (AL 220).

Podemos distinguir tres etapas: 1)- Antes de llegar los hijos; 2)- Con los hijos; 3)- Cuando los hijos ya se fueron. Si se trata de un matrimonio que no ha tenido hijos, las etapas se realizan diferentemente, en relación a los años de mayor productividad, los proyectos y trabajos pueden ocupar el lugar de los hijos.

 

En la primer etapa, antes de los hijos, el matrimonio se encuentra solo, es el momento en el que surgen los conflictos propios del inicio de la convivencia, se necesita un tiempo de acomodamiento para encontrar cómo expresar el amor en la nueva realidad de estar conviviendo, descubriendo las manías y costumbres del otro.

 

La segunda etapa puede ser la más engañosa, los hijos con todos los cuidados que suponen (procurarles el sustento, educación, recreación), pueden ser muchas veces la excusa para no enfrentar los problemas que toda relación conyugal supone. Se van postergando por las innumerables tareas que realizar, esto mismo puede generar malestares y heridas que con el tiempo crearán malestares relacionales.


La última etapa, supone aprender a relacionarse “sin ellos”, puede ser la etapa de los silencios si no se supo expresar, en la etapa precedente, los malestares existentes. Puede ser la etapa de las culpas si no se caminó a un ritmo humano, si todo pasó frenéticamente y no hubo tiempo de cuidarse adecuadamente, puede ser la etapa para cultivar más y más una relación de amistad, con el/la compañero/a de camino.


En estas diferentes etapas por las que atraviesa el matrimonio, el amor conyugal debe madurar. Los cónyuges tienen que ir creciendo en la vivencia de las notas esenciales del matrimonio cristiano, que recordamos son tres: unidad (exclusividad, fidelidad), indisolubilidad (estabilidad), fecundidad (hijos, apertura a otros). El amor exclusivo tiene que ir desarrollándose, procurando llegar a ser verdaderamente amigos; la unidad tiene que ir aumentando, no se trata sólo de estar juntos; la fidelidad tiene que ir creciendo y se puede pasar por momentos de crisis que atenten esa exclusividad. La indisolubilidad o estabilidad del vínculo, también tiene que ir creciendo, tiene que ir consolidándose, no se trata sólo de no separarse aunque se lleven como perro y gato, y sean una fuente de angustia para los hijos que los ven pelearse cada día; la estabilidad tiene que pasar por etapas: al comienzo hay que aprender a convivir, a consultar las decisiones que toman, a compartir espacios, proyectos; más tarde, se pasa de conservar el vínculo a fortalecerlo y se renuncia a las cosas que lo socaban. Asimismo la fecundidad tiene que crecer, pero no en el sentido de tener hijos y más hijos, sino sobre todo como apertura a los otros, para llegar a ser una familia de puertas abiertas que de cobijo y ayuda a tantas personas y familias con necesidad de ayuda, de consejo, de clima de hogar, un ámbito donde abunde la vida.

Para dar a entender mejor el matrimonio y la familia como un “camino” a transitar, el Papa utiliza el concepto de “ideal” en dos sentidos: 1)- “ideal” utilizado en la exhortación para expresar la meta exigente a la que debe apuntar el camino conyugal y familiar (cfr. AL 34. 36.38.39.157); 2)- “ideal” en el sentido de abstracción idealizada, cuando dice por ejemplo que “la humildad del realismo ayudará a no presentar un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificialmente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales” (cfr. AL 36).

A continuación explicamos ambos sentidos:

1)- El matrimonio es una meta exigente a la que hay que procurar llegar, un ideal, pero no entendido como un mero ideal que está allá como algo hermoso pero opcional, no vinculante. Es una meta exigente a la cual los matrimonios tienen que encaminarse e ir acercándose.

2)- El matrimonio y la familia han sido presentados muchas veces en los documentos y catequesis de la Iglesia como algo abstracto, idealizado, lejano a la realidad concreta que viven las familias; como una realidad univoca, atemporal, algo que en toda circunstancia se da, siempre y cuando se cumpla determinados requisitos jurídicos o litúrgicos, como el casarse por Iglesia prestando un consentimiento válido. El Papa corrige esa mirada diciendo: “ninguna familia es una realidad celestial y confeccionada de una vez para siempre, sino que requiere una progresiva maduración de su capacidad de amar” (AL 325).

El Papa exhorta a los pastores de la Iglesia a hablar del matrimonio y la familia de modo profundo y concreto a la vez, de modo que deje un mensaje claro respecto a cómo ser familia hoy frente a los desafíos actuales: ¿Cómo ser padres hoy, cómo dialogar con los hijos si están todo el día con el celular conectados con personas a miles de kilómetros y cuesta tanto entablar un diálogo paterno-filial? ¿Cómo hacer para conservar el clima de hogar si nos vemos tan poco pues trabajamos todo el día porque no alcanza la plata para llegar a fin de mes?

El Papa Francisco nos enseña en sus catequesis y homilías cómo “aterrizar” el mensaje a la realidad que viven los matrimonios. En una catequesis sobre el matrimonio de una audiencia en la Plaza San Pedro decía lo siguiente: “Pelean, es así, siempre se pelea en el matrimonio, algunas veces vuelan los platos. Pero no debemos ponernos tristes por esto, la condición humana es así. Y el secreto es que el amor es más fuerte que el momento en que se riñe, por ello aconsejo siempre a los esposos: no terminar la jornada en la que habéis peleado sin hacer las paces” (Audiencia general, miércoles 2 abril 2014). Este es un ejemplo de cómo presentar el matrimonio con un sano realismo que a la vez estimule a crecer, y no como una idealización abstracta que no sólo no les ofrece herramientas concretas para vivir lo cotidiano, sino que también, terminan desanimando a los cónyuges, pues sienten que se les pide dar un salto de golpe hacia la perfección en lugar de ir dando pasos que se encaminen hacia la meta. En este sentido el Papa señala: “no conviene confundir planos diferentes: no hay que arrojar sobre dos personas limitadas el tremendo peso de tener que reproducir de manera perfecta la unión que existe entre Cristo y su Iglesia, porque el matrimonio como signo implica « un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios” (AL 122).

Habiendo presentado al matrimonio como un camino, con sus notas esenciales de unidad, indisolubilidad, fecundidad en crecimiento, alguien podría pensar: Entiendo que el matrimonio vaya creciendo en unidad, también en fecundidad, pero, ¿la indisolubilidad crece? ¿No es que el sacramento del matrimonio hace indisoluble el vínculo? ¿Cómo ahora se dice que va creciendo la indisolubilidad? Respondemos recordando que el matrimonio es una realidad previa al sacramento, es un designio de Dios al crear al ser humano varón y mujer, y llamarlos a unirse y ser fecundos. La indisolubilidad del matrimonio está inscrita en la Creación de la pareja humana (Gen. 2,24). Jesús defiende la indisolubilidad del matrimonio fundado en la idea primigenia del Creador (cfr. Mt. 19,4-6; Mc. 10,6-9). Por lo tanto, el matrimonio natural ya es indisoluble. El sacramento del matrimonio viene a confirmar y a generar un canal de gracia para quienes lo viven,  porque con el sacramento el matrimonio participa de la entrega de Cristo a la Iglesia y está llamado a reflejar dicha entrega, a través del amor mutuo de los cónyuges en la vida diaria (cfr. “f. 5,32). Por lo tanto, el sacramento no solamente da fuerza para vivir esta unión natural, y poder sobrellevar las dificultades, como si fuera una bendición más de Dios, sino que dentro del Plan de Dios el matrimonio es canal de gracia, lugar de santificación, porque ha sido sacramentalizado.

Entonces, si es indisoluble por naturaleza y por la gracia del sacramento, ¿cómo puede ser que algunos matrimonios que han recibido la fuerza de la gracia del sacramento se divorcien? Una respuesta clásica a esta pregunta es que la causa del divorcio no está en el sacramento y su eficacia, sino en los cónyuges que no conservaron esa gracia a lo largo de la vida sino que la perdieron por sus comportamientos contrarios a la estabilidad del vínculo. Pero, otra respuesta en la línea de la reflexión del Papa Francisco en la exhortación es que el sacramento es como una semilla plantada en la tierra del amor conyugal que guarda todo su potencial dentro de sí pero que necesita ser cultivada para que se convierta en árbol robusto que mantenga de pie al matrimonio en las tormentas de la vida. Por eso el Papa enseña que hay que “cultivar las semillas que todavía esperan madurar… de manera que, partiendo del don de Cristo en el sacramento, sean conducidos pacientemente más allá hasta llegar a un conocimiento más rico y a una integración más plena de este misterio en su vida” (AL 76).

Volviendo al pasaje evangélico acerca de la indisolubilidad del matrimonio, allí Jesús habla de la meta exigente que significa la unión matrimonial estable. El contexto donde surge esta enseñanza es la discusión que Jesús tuvo un día con los fariseos cuando éstos le preguntaron: ¿Puede el hombre separarse de su mujer por alguna causa? (Mt. 19,3-9) Lo querían poner a prueba porque Moisés había permitido el divorcio por algún motivo. Jesús dijo: “¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer;  y que dijo: "Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne"? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. Entonces, le recriminaron que estaba contradiciendo a Moisés que había permitido en algún caso el divorcio.

Jesús fue claro: “Moisés lo permitió a causa de la dureza del corazón del hombre, pero originalmente no era así”. Jesús recuerda adonde hay que apuntar, invita a mirar la meta que es el designio del Creador. Él sabía que los seres humanos tienen el corazón duro, tienden a hacer lo mínimo indispensable, se conforman con soportarse, aguantarse, y en algún caso divorciarse si se pudiera. Hoy también, el común de los cristianos apunta sólo a salvarse, y Jesus sigue proponiendo la santidad personal y conyugal.

Dicho esto, también resaltamos que “Jesús al mismo tiempo que proponía un ideal exigente, nunca perdía la cercanía compasiva con los frágiles, como la samaritana o la mujer adúltera” (AL 38). El Papa, continuando la pastoral de la misericordia de Jesús, enseña que los pastores tienen que considerar los atenuantes que pueden reducir la responsabilidad personal en situaciones conyugales y familiares que no corresponden plenamente al designio divino sobre el matrimonio y la familia, y por ello deben acoger, discernir y acompañar las etapas posibles que esas personas puedan avanzar, brindando el apoyo necesario de la Iglesia en ese camino de crecimiento. “A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia. En ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos. Por eso, a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor. Igualmente destaco que la Eucaristía no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (AL 305 y nota 351).

Puede haber personas que a raíz de este párrafo de la exhortación que hemos citado anteriormente, hagan la siguiente reflexión a modo de queja: “alguien que se divorcia y se junta con otro/a, resulta que ahora puede comulgar porque el cura estudiando su situación se lo permite, y yo que soporte tantas cosas en mi matrimonio sin separarme, ahora qué… si sabía que iba a poder confesarme y comulgar, me hubiese separado y juntado con otra”. Razonientos como éstos son planteos mezquinos en la misma línea del reclamo del hijo mayor de la parábola del padre misericordioso (Lc. 15,11-32), el cual se quejó de modo parecido: “si hubiese sabido que podía vivir en el libertinaje y luego tu ibas a hacer una fiesta cuando volviera como hiciste con él, me hubiera ido yo también”. El problema que está de fondo para los que reflexionan así como el hijo mayor, es que no están buscando la santidad en el matrimonio, sino simplemente salvarse no pecando gravemente. Por lo tanto, lo que tienen que descubrir estas personas y todos en  general, es el valor de entregarse al cónyuge y a los hijos en un proyecto de familia, de modo estable sin reservarse nada; entrega que al mismo tiempo que es sacrificada porque purifica de egoísmos, es camino de maduración personal y de santificación. Además, suponemos que nadie se separa “por deporte”, detrás de cada divorcio se esconde un dolor muy grande, primero para los implicados porque significa la frustración de un montón de sueños que surgieron con la relación, y luego, para los hijos que sufren ver cómo se resquebrajan los pilares que hasta ahora fundamentaban su seguridad psicológica. Muchas veces, será mejor luchar por permanecer unidos, pasando un momento de gran sufrimiento en la relación de pareja, sostenidos por el solo interés común de encaminar a los hijos y evitarles un sufrimiento grande, que separarse.

 

Entonces, lo importante es que los cónyuges fijen sus ojos en la meta que indica Cristo, y no tomen como modelo a los rezagados, a los que rompieron y están haciendo lo que pueden por empezar a caminar de nuevo con el auxilio misericordioso de la Iglesia. Pidamos a Dios la gracia de superar la tentación de detenernos, de estacionarnos, de buscar un camino paralelo o una meta intermedia, para así seguir avanzando hacia la santidad conyugal y familiar siguiendo la invitación del Papa: “Caminemos familias, sigamos caminando. Lo que se nos promete es siempre más. No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud de amor y de comunión que se nos ha prometido” (AL 325).