Jesús no es moralista, nosotros hemos moralizado el Evangelio

Compartirmos extracto de una de las meditaciones del P. Ermes Ronchi en los Ejercicios Espirituales que dió al Papa Francisco y a la Curia Romana.

Estos Ejercicios, el Papa Francisco y sus colaboradores, lo realizaron en la Casa Divino Maestro de Ariccia del 6 al 11 de marzo de 2016. 

Jesús no es moralista, somos nosotros los que hemos moralizado el Evangelio. Para explicar esta actitud de Jesús que esta de fondo en el mensaje de los evangelios, tomamos como ejemplo el pasaje del evangelio en el que Jesús, enviado a la casa de Simón el fariseo (Lucas 7,36-50). Allí Jesús rompe cualquier convicción y deja que una mujer, para todos pecadora, llore sobre sus pies, le seque con sus cabellos, besándolos y los lave con aceite perfumado. Y frente a la sorpresa de Simón, Jesús lo regaña: Mira esta mujer que de pecadora se convierte en “la perdonada que ha amado mucho”. De este modo, el predicador indicó que “en la cena de la casa de Simón el fariseo, se ve un conflicto sorprendente: el pío y la prostituta; el poderoso y la sin nombre, la ley y el perfume, la regla y el amor, en comparación.

El error de Simón es la mirada que juzga. Jesús por toda su existencia enseñará la mirada que no juzga, incluyente, la mirada misericordiosa. Sin embargo, Simón pone en el centro de la relación entre hombre y Dios al pecado, haciendo de éste la columna vertebral de la religión. Es el error de los moralistas de cada época, de los fariseos de siempre. Jesús no es moralista, porque pone en el centro de la persona con lágrimas y sonrisas, su carne dolorida o exultante, y no la ley. En el Evangelio encontramos con más frecuencia la palabra pobre que pecador.

Adán es pobre antes que pecador. Somos frágiles y custodios de lágrimas, prisioneros de mil límites, antes que culpables. Somos nosotros los que hemos moralizado el Evangelio.

Al principio no era así. El padre Vanucci lo explica muy bien: el Evangelio no es una moral, sino una impactante liberación. Y nos lleva fuera del paradigma del pecado para conducirnos dentro del paradigma de la plenitud, de la vida en plenitud.

Simón, el moralista, mira el pasado de la mujer, ve una historia de transgresiones mientras que Jesús ve el mucho amor de hoy y de mañana.

Jesús no ignora quien es la mujer, no finge no saber, sino que recibe. Con sus heridas y sobre todo con su chispa de luz, que Él hace resurgir. El centro de la cena tenía que ser Simón, pío y poderoso y sin embargo lo ocupa la mujer. Solo Jesús es capaz de hacer este cambio de perspectiva, hacer este espacio a los últimos. Jesús aparta del punto focal el pecado de la mujer y las faltas que Simón focaliza. Al argumento de Simón lo deconstruye, lo pone en dificultad como hará con los acusadores de la adúltera en el templo.

Jesús, marcado por la mujer que lo ha conmovido, no la olvida: en la última cena retomará el gesto de la pecadora desconocida y enamorada, lavará los pies de sus discípulos y los secará. Cuando ama, el hombre cumple gestos divinos, Dios cuando ama cumple gestos humanos, y lo hace con corazón de carne.

Finalmente, doy un consejo a los confesores: Es tan fácil para nosotros cuando somos confesores no ver a las personas, con sus necesidades y sus lágrimas, pero ver la norma aplicada o infringida. Generalizar, empujar a las personas dentro de una categoría, clasificar. Y así alimentamos la dureza del corazón, la esclerocardia, la enfermedad que Jesús más temía. Nos hacemos burócratas de las reglas y analfabetos del corazón; no encontramos la vida, sino solo nuestro prejuicio.

 

Fuente: Agencia informativa católica ZENIT, Ciudad del Vaticano, 09/03/2016