Elias, el loco de la pasión de Cristo

Elías andaba por la calle como un ángel, tocando la gente, acariciándola, diciéndole hermano, palabra esotérica hoy en día.

Elías decía hermano y precisamente un día en una Misa, cuando el sacerdote invita a darse la paz, la gente se da la mano...

Elías empezó a mirar a su alrededor y encontró los ojos de una mujer y empezó a acariciarle los ojos, el hombre que estaba con la mujer le sacó la mano de la cara y le dijo:

-¡Oiga! ¡Usted a mi mujer no la toca!

-Tu mujer, tu mujer, tu cepillo de dientes, tu automóvil, tu plata…. ¿no oíste al sacerdote? ¡es mi hermana!

Y lo metieron preso y salió y segunda vez y tercera vez y cuarta vez y a la cuarta vez le hicieron un expediente por vagabundeo y lo derivaron al Hospicio de la Merced, lugar donde murió. Yo decía como testimonio y para la reflexión porque siento que en esta instancia histórica lo seres humanos, aun negándolo nos debatimos en la búsqueda desesperada de un rinconcito de calor, un  lugarcito donde compartir un afecto con alguien. Precisamente por esa búsqueda, Elías es condenado al mundo de la locura.

Yo rescaté las últimas palabras de Elías pronunciadas frente al Psiquiatra antes de entrar definitivamente en ese largo viaje, generalmente sin regreso y también sin definición, que es el mundo de la locura:

-Yo lo sé, lo estudié, yo quería saber que significaba humanamente esa pasión, porque hay muchos que hoy sufren cosas parecidas y yo quería saber cómo era. Él tenía miedo, ¡tanto miedo! y San Lucas que era médico nos dice que sudó sangre, y hay médicos que lo explican, usted sabe, un miedo y una angustia semejantes dilatan los capilares de la piel y producen salidas microscópicas, la sangre se coagula y se mezcla con el sudor. ¡Tenía tanto miedo!

Y lo flagelaron ¡con los flagrum! Un mango de madera, tiras de cuero y en la punta huesitos de carnero ¡y él desnudo!, ¡totalmente desnudo!   Y le abrieron el cuerpo con esas horribles herramientas romanas

y la corona de espinas, cinco centímetros de púas duras como el acero y cualquier estudiante de medicina sabe que esta zona es riquísima en terminaciones nerviosas, y esa corona tenía miles de púas así

y todos pasan lo escupen y se burlan de su fe en nosotros y en la vida, y cada uno le da un bastonazo; golpeaban a matar, y esos golpes además de doler y humillar alteran la orientación y el equilibrio y así lo sacaron y lo hicieron cargar con la cruz.


El cuerpo está colgado de los hombros, entonces los clavos no podía ir en las manos porque las palmas se hubiesen desgarrado, pero aquí hay dos huesos sólidos y un clavo entra justo allí, pero además allí hay un tronco nervioso de este grosor y ese produce un dolor eléctrico ¡espantoso!  

Y allí está el Señor Jesús colgado como una res viva, el cuerpo cubierto de moscas pegadas a las llagas todos los músculos del cuerpo están conteniendo la respiración entonces el hombre se apoya en sus pies, se alza y respira, pero un nuevo dolor y más profundo lo traspasa y se afloja,  pero se asfixia, ¡porque un crucificado muere por asfixia lenta! , y así durante horas, cuando mi pobrecito querido dijo por fin, todo ha terminado, apenas debía tener un hilo de voz audible con los coágulos en la boca, ¡eso hicieron con él!,

¡Por favor, por favor!  ¡¡NO MÁS SHOCK ELÉCTRICOS!!


Actuación de Pepe Soriano en la TV de Buenos Aires hace unos 40 años, transcripta por Luis Enrique Marziotte (laico de Salto).