Cooperación altruista ó competencia agresiva en la evolución

Durante siglos, la idea de una naturaleza agresiva en la que no hay espacio para los más débiles ha dominado los modelos mentales de la sociedad. Aseveraciones como “la ley del más fuerte” son sólo una pequeña parte de la complejidad de las dinámicas sociales.

A través de sus observaciones, Charles Darwin intuyó que el altruismo había jugado un papel fundamental en la evolución de las especies, pero no supo encajarlo en el marco de la selección natural. Era consciente de que representaban una amenaza para su teoría de la evolución de las especies por medio de la selección natural o preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida del año 1859, porque en un primer análisis existe una contradicción, puesto que todas las formas de cooperación conllevan un grave riesgo de ser explotado por compañeros egoístas. Para un individuo, colaborar no es siempre la estrategia más útil en un entorno de compañeros insolidarios, pues su supervivencia se verá seriamente afectada.

La existencia de cooperación ha sido documentada en todos los niveles de vida, desde las moléculas hasta los grupos de personas. Investigaciones en este sentido ayudaron al geógrafo y naturalista ruso Pedro Kropotkin a publicar en 1902 la teoría del apoyo mutuo que reinterpreta la teoría de la selección natural de Darwin, al plantear que no era la competencia sino la cooperación y la ayuda las auténticas fuerzas de la evolución.

Entre los primates en libertad, existen múltiples ejemplos de cooperación y altruismo como son la caza cooperativa entre chimpancés o la inhibición de la reproducción en favor de un solo individuo del grupo entre algunas especies de titíes. El altruismo también es muy frecuente en la naturaleza, especialmente en el cuidado parental, aunque lo podemos observar en una gran variedad de contextos. Cuando un primate emite una señal de alarma para indicar la existencia de un peligro al grupo, está poniendo en peligro su propia vida, pues puede ser fácilmente detectable por los depredadores. Casos aún más asombrosos ocurren entre los chimpancés pigmeos, a quienes se ha visto prestar ayuda a minusválidos y heridos.

No es fácil demostrar qué beneficios tiene para un organismo ayudar a otros a expensas de sí mismo. Dos marcos teóricos fundamentales intentaron explicarlo. El primero fue William Hamilton, quien formuló la “selección por parentesco” en 1964. Según esta teoría, ayudamos a aquéllos con quienes compartimos genes. Pero no explica el porqué ayudamos a personas que ni siquiera conocemos, como ocurre con los vampiros, unas especies de murciélagos que sólo viven en el continente americano. Éstos no aguantan más de sesenta horas sin alimentarse de la sangre de otros mamíferos. Cuando uno de ellos no ha tenido éxito una noche, recibe la sangre regurgitada de los compañeros sin importar si es pariente o no.

Casi dos décadas después, Robert Trivers en 1971 presenta una teoría denominada “altruismo recíproco” , que demuestra que estos comportamientos pudieron evolucionar también con individuos no emparentados si existen posibilidades de que el organismo altruista en el futuro reciba los beneficios de otros altruistas.

Muchos hallazgos refuerzan esta hipótesis e inducen a pensar que la cooperación fue una de las claves del éxito de la especie humana. En experimentos en los que se confronta a niños a situaciones en las que personas necesitan ayuda, éstos asisten de manera espontánea sin recibir ningún tipo de orden, demostrando que ciertos comportamientos de auxilio y ayuda en el ser humano son innatos. Las investigaciones con chimpancés arrojan resultados positivos aunque en diferente grado. Esta especie muestra comportamientos altruistas, pero en menor número de contextos que los seres humanos.

Una conducta típica involucrada en la cooperación humana es señalar con el dedo o la mirada a un objetivo concreto. Esta habilidad tiene gran importancia, especialmente si se carece de un lenguaje hablado. Los chimpancés no señalan con el dedo a otros compañeros en libertad para indicarles la existencia de algo interesante. En varios experimentos, son incapaces de captar la información que intencionadamente se les transmite cuando un investigador humano señala con el dedo algún tipo de alimento. Un fenómeno interesante es que este tipo de pruebas las realizan con mayor éxito los perros que los grandes simios. La explicación quizás esté en que los cánidos son una familia con una tendencia a la cooperación tanto o más fuerte que la nuestra.

Es indudable que este tipo de conductas prosociales han sido favorecidas por la selección natural e inducen a pensar que descendemos de grupos de homínidos especialmente cooperativos, pues de lo contrario, no existirían tales manifestaciones en la actualidad. Todos los animales nos movemos en un continuo entre la cooperación y la competición, de tal manera que dosis de ambas son necesarias. El entorno es el que determina cuál es la estrategia óptima en cada situación.

En la actualidad somos conscientes de que existen alternativas a la “lucha continua”. El altruismo, el mutualismo y la reciprocidad, entre otras, son estrategias igualmente eficaces. Poco a poco abandonamos el paradigma según el cual, el ser humano es malo por naturaleza y debemos tener una mirada paranoica hacia todo y todos los que nos rodean.

Fuentes:

El papel de la cooperación y el altruismo en la evolución: http://www.somosprimates.com/2010/02/el-papel-de-la-cooperacion-y-el-altruismo-en-la-evolucion/

El altruismo como factor de la evolución: http://www.cienciateca.com/altruismo.pdf